¡Ha llegado la Navidad!

¡Sí! Ha llegado la Navidad… desde setiembre, esa Navidad que nos invita a gastar, consumir, regalar y divertirse “a destajo”, empezando desde mediados del mes de setiembre, pasado el día 15, día de la Independencia patria, brincándose la fiesta de Halloween que, por dicha, ya pocos “le dan pelota”, para pasar al “Viernes Negro” el 23 de noviembre, donde muchos se “despezuñaban” por comprar, previa madrugada y haciendo largas filas, para finalmente llegar a estos días en que todos, de una u otra forma, nos vemos casi arrollados por la tempestad de las compras, los regalos, el gastar el aguinaldo y un sinfín más de cosas: fiestas, parrandas de fin de año, comilonas y guareras, festivales, conciertos y desfiles, la visita de “mooles”, tiendas, centros comerciales, etc… Toda un febril celebración, para llegar a enero y a su cuesta, “como el fustán de la Verónica”, sin plata en los bolsillos, ni para comprar, a veces, el uniforme de los niños que van a la escuela.

No por ser “aguafiestas”, pero bajo el cielo de luces de colores que engalanan las calles y avenidas de nuestras ciudades, en las fechas entrañables y familiares de la Navidad; bajo el resplandeciente e ilusorio titilar de las bombillas, se oculta o se difumina la pérdida, cada vez mayor, del sentido profundamente religioso que para los cristianos debería significar este hermoso tiempo de Adviento y Navidad.

Nos parece que la Navidad se ha convertido, en realidad, en un pretexto, en una fiesta paganizada más que secularizada, consagrada al nuevo ternero de oro que es el consumismo más desenfrenado y absoluto. Muy pocos se atreverían a poner en tela de juicio el sentido comercial que está adquiriendo la fecha, sin freno aparente, sobre cualquier otra interpretación. Difícilmente podría ser de otro modo, en un tiempo marcado por el predominio de lo material y el imperio de la filosofía del estar y del vivir mejor, del pasarlo bien a como dé lugar. Al menos los que pueden hacerlo, porque en una Costa Rica tan empobrecida como la nuestra, a los pobres nos les queda más que “mirar las ventanas de la Universal”, como decimos los ticos, “ver y desear”…

La humildad, que es parte fundamental del nacimiento de Cristo, recordada en todos y cada uno de los portales, que todavía se exhiben en nuestros hogares o en nuestras casas, desaparece paulatinamente, como una gran paradoja, cuando llega la Navidad. La ostentación, el querer aparentar, el exceso, el situarse por encima de las propias posibilidades, aunque no se tengan los medios, el regalo como manifestación, no tanto del amor sino del prestigio y de la apariencia, el poder y la posición social, parecen ser hoy días las señas de identidad reales de la Navidad, en la actualidad. La humildad y la sencillez se van muriendo, entre otras razones, porque nos hemos olvidado del corazón, de la razón verdadera, de la conmemoración y la celebración, quedando la fecha vacía del contenido permanente, que le da auténtica vida y esperanza.

La Navidad, el tiempo litúrgico de la conmemoración del nacimiento del Redentor con sus cinco grandes celebraciones, algunas de ellas olvidadas por muchos cristianos en su verdadera dimensión, debería ser, si fuéramos consecuentes, el comienzo de un nuevo caminar, el tiempo de reflexión que debemos realizar sobre todo lo que significa y conlleva el nacimiento de Cristo: cumplimiento de la Palabra divina, inicio del camino de la redención. Acompaña a ello el sublime misterio de la Encarnación y la aproximación más real de Dios al ser humano, ese Dios que se encarna y se “mete de lleno” en nuestra historia (Jn 1,14). Un momento idóneo, un tiempo adecuado, para que cada cristiano inicie la redención interior y el camino hacia la "luz verdadera" en el año que comienza siempre, por estas fechas.

El tiempo de Navidad se ha convertido para los cristianos, al menos en nuestras sociedades latinoamericanas, donde los procesos de secularización son más lentos (aunque la mundialización queme las etapas de forma acelerada), en tiempo de tentación. No son las celebraciones religiosas las que realmente importan, las que mueven, las que dinamizan, pues, para una parte importante de ciertos cristianos, son un adorno más. Navidad significa otra bombilla por aquí, otra guirnalda que colgar en el hogar, otro adorno, otra comida, otro vestido, otro juguete…

El nuevo lugar de celebración, el otro gran atrio de la Navidad, para los católicos y los no católicos, ha pasado del portal, los villancicos y el templo, a los grandes almacenes y centros comerciales. Porque si la tradición de la cena en común, del tamalito hecho en casa y del intercambio de regalos son positivos en sí, el convertir todos esos actos, gracias a las campañas publicitarias, en el objeto en sí de la fiesta o en el despilfarro por obligación social, no puede asumirse más que como un rostro desfigurado de la Navidad.

La paganización de las fiestas religiosas es ya un hecho innegable en nuestras latitudes. Sociedades que se van alejando del Evangelio como las nuestras, no dejan espacios para otro tipo de manifestaciones. Lentamente, como si de una maniobra bien planificada se tratara, se van borrando hasta las huellas culturales que mantienen vivos los últimos reductos del sentido real del tiempo navideño, al menos, como hace un tiempo se vivieron en nuestras familias y parroquias, en el seno de las comunidades cristianas, desde hace unas cuantas décadas.

Las modas extrañas a nuestra forma de ser y de vivir, a nuestra herencia cultural, se van imponiendo. En muchos hogares (¡y hogares cristianos!), el tradicional portal, con la devoción que conlleva el ponerlo, es sustituido por el árbol de luces y colores; las guirnaldas, las campanitas, los bastones y las botas, los corazones y las composiciones a base de elementos vegetales, ya son parte de los adornos, que no son cristianos, pues su simbología es extraña para nuestra realidad religiosa y cultural.

Los Reyes Magos y sus camellos sufren la dura competencia de Santa Claus con sus renos, nieve y casitas. Junto a su representación para los niños aparece el Colacho y su trineo. Los niños escriben y depositan cartas, tanto al Niño Dios como a “Santa”, de forma que solamente queda el regalo pero no el significado. La pugna ha quedado solventada magníficamente por la propaganda comercial, que mira complacida cómo se multiplican los ingresos y las ganancias, gracias a la duplicidad de los regalos y la fiebre consumista, que bloquea el sentido economicista del hogar tradicional.

¡Sí! Hay un paganización de la fiesta de Navidad. Hay una disolución del sentido de la Navidad, merced al desenfreno de los poderes públicos, nacionales o locales; de los medios de difusión o comunicación que borran, diluyen o marginan en sus programaciones culturales, en sus espacios de opinión y en sus emisiones, la difusión del significado real del Adviento y de la Navidad. Asomémonos, por un momento, a los medios de comunicación para comprobarlo.

Si repasáramos la lista de la programación de nuestros canales televisivos en Costa Rica y en otro países (basta ver la televisión por Cable), nos adentraríamos en un profundo desasosiego por la falta de espacios realmente navideños. Hasta las tradicionales felicitaciones de Navidad, han abandonado los motivos tradicionales cristianos, apuntándose a modas simbólicas o estrafalarias, a colorines sin sentido o imágenes que nada tienen que ver con estas fechas.

En relación con la Sagrada Familia, la Navidad tiene, asimismo, un significado profundamente familiar. Tiempo de reunión, de conmemoración; tiempo de recuerdo por los que ya no están, por los sitios vacíos en torno a la mesa, por ratos de tristeza que todos apuramos. Pero ya no son sólo mesas incompletas por los que faltan, por los que se han ido, sino por todo aquello que se ha roto.

En Costa Rica tenemos familias cada vez más más desunidas y disgregadas, porque una parte importante de los matrimonios celebrados en los últimos veinte años están hoy destruidos; porque las familias se rompen y porque muchos hijos viven con dolor callado el trauma y el drama de “un día aquí y otro allá”, sin sus padres. Fechas familiares cada vez más reducidas, porque la secularización y la paganización convierten todos estos bellos días en fiesta y jolgorio, donde los jóvenes abandonan la mesa con el último bocado en su boca, camino de la fiesta más cercana con sus amigos, porque simplemente ya no se quedan en casa…

Por eso, la Navidad es un tiempo difícil para los cristianos que quieren vivirla y celebrarla como debe ser, porque el peso mediático y social es inmenso, porque las costumbres se alejan de forma progresiva de los parámetros que podrían hacerla compatible con la fe. Recuperar el verdadero sentido de la Navidad es una tarea más que nos corresponde a todos, frente a la imposición del modelo navideño secularizado y pagano.

Y, a veces, combatir la tendencia es tan sencillo, tan simple, como mantener las tradiciones más genuinas de Costa Rica en nuestras parroquias y celebrarla de todo corazón, en la oración, la liturgia y la reunión familiar y sencilla, punto de encuentro para todos, a imitación de aquella memorable familia de Belén y Nazareth, que tuvieron la dicha de vivirla, en compañía del mismísimo Jesús...

Hoy, que tanto se habla de nueva evangelización, de Misión Continental y de planes pastorales diocesanos, es todo un gran reto, tanto en la catequesis como en la pastoral, recuperar su sentido más genuino y recordar que estamos celebrando en estos días a quien es su Protagonista principal, a Jesucristo, que nació de la Virgen María, que vino a los suyos, que fue recostado en un pesebre, que fue pobre hasta la cruz. Que los únicos regalos que recibió fueron los regalos de los Magos y que no tenía dónde reclinar la cabeza. Que quiso compartir con nosotros lo que somos, asumiendo nuestra humanidad y debilidad, incluso hasta la muerte, para redimirnos y hacernos hijos de su Padre y hermanos suyos.

Es a Él y no a otros a quien celebramos y conmemoramos. Porque si no lo hacemos así, la Navidad verdadera se nos perderá, abriendo paso, como ya hemos visto, a esa Navidad que comenzó hace meses…a mediados de setiembre, si no más.

¿Usted que opina?

Pbro. Mario Montes Moraga, Biblista del CENACAT.

 

Pbro. Mario Montes Moraga
Departamento de Animación Bíblica
Centro Nacional de Catequesis