Sobre las cadenas de oración

A nuestras casas, ya sea por carta o por el correo electrónico, llegan con cierta frecuencia ciertos mensajes que nos invitan a iniciar o continuar una cadena de oración. Prometen grandes bendiciones en caso de seguirlas con fidelidad, o presagian alguna desgracia para quien la interrumpa.

Algunas de ellas provienen de diversas partes del mundo y mencionan a renglón seguido los casos afortunados de personas que siguieron la cadena o las desgracias que les sucedieron a quienes la interrumpieron o no quisieron continuarlas.

Muchas de esas cadenas nos invitan a la oración y a propagar la oración entre nuestros amigos, familiares y conocidos. No hay duda que éstas ofrecen un buen testimonio de la necesidad que todos y todas tenemos de hacer oración. Pero ofrecer la condena o la desgracia o el premio seguro, no va de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia.

La oración es una fuerza liberadora que permite elevar al cristiano para contemplar a Dios y conocer la voluntad de Él sobre su vida.

En la oración, decía el Papa Juan Pablo II,

se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: ´El que me ame, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él´ (Jn 14, 21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia de Dios, que requiere un intenso compromiso espiritual y que encuentra también dolorosas purificaciones (la noche oscura), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como ´unión esponsal´… ( Novo Millenio Ineunte N.º 33).

La oración, por lo tanto, es una actividad del amor a Dios, una forma de poner en práctica nuestra condición de hijos e hijas. En la oración amamos a Dios y somos amados por Él y el amor no se alimenta con premios y castigos. Su alimento es simplemente buscar el mayor bien de la persona amada. En la oración se busca amar más a Dios, para que Dios sea más amado. Es una acción espontánea que no busca la recompensa o huir simplemente del castigo, como lo proponen las cadenas de oración.

La perseverancia en la oración, motivada por el amor y no por presión de ninguna clase, es un camino a la salvación eterna. Decía Santa Teresa de Jesús: “Dadme un cuarto de hora de oración cada día y os daré el Cielo. Un alma que persevera en la oración, se asegura la propia salvación”. La constancia en la oración, durante toda la vida, es prenda de la gracia de la perseverancia final.

Las cadenas de oración, ciertamente, inician en la oración o trato con Dios, pero sólo de una manera temporal. Después de que desaparece el tiempo del compromiso, mantenido por la presión del “premio” o del “castigo” ofrecido, desaparece la necesidad de orar. De allí que son cadenas de oración que oprimen, que hacen pesada y fatigosa la carga de orar, cuando en realidad deberían servir para dar alas al cristiano para alcanzar más rápido el Reino que Dios ha prometido.

Y esta expresión del amor al Padre Celestial no puede reducirse a una acción tan específica, como la de orar para no ser castigado o el orar para ser premiado. Los santos y santas, hombres y mujeres que se han dedicado a la oración, saben que el amor que se contempla en la oración, no se transmite sólo con palabras.

Es cierto que podemos orar por varias necesidades. Es la oración de súplica, la que hace que elevemos nuestro ser entero hacia Dios y reconociendo nuestra miseria, ponemos en las manos del Dios providente y Bueno aquello que deseamos en nuestro corazón: a lo mejor la curación de un enfermo, la solución a una penuria económica o la paz en nuestras familias.

Pero esta oración de súplica se ha de realizar siempre buscando que se cumpla la voluntad de Dios, cuando es verdadera oración (véase Mt 26,39.42). Cuando se ponen condiciones en estas oraciones de súplica, como muchas veces sucede en las cadenas, no podemos hablar de una verdadera oración. Esas cadenas de oración más bien nos atan, nos esclavizan y nos oprimen con sus condiciones para hacerlas. No pueden ser entonces verdaderas oraciones cristianas.

De forma que lo mejor es hacer nuestra oración a Dios, con la única condición de confiar en su amor, de alabarlo, de bendecirlo por su amor hacia nosotros, porque Él es infinitamente bueno y sabe lo que necesitamos. De reconocer que todo lo que somos y tenemos viene de Él…que desea lo mejor para sus hijos e hijas en este mundo. Pero nunca “presionándolo” para que realice lo que deseamos simplemente, sino para ponernos en sus manos, nuestra vida y nuestros destinos, “como un niño en brazos de su madre” (cf. Sal 131,2).


¿Cómo reacciona Ud. cuando siente la presión de una “cadena de oración” que “promete” o “amenaza”?

Orar… ¿sólo cuando necesitamos algo?

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Autor: Pbro. Mario Montes Moraga

Biblista Centro Nacional de Catequesis

Pbro. Mario Montes Moraga
Departamento de Animación Bíblica
Centro Nacional de Catequesis

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Fecha de publicación: 6 de setiembrte de 2010