Mi experiencia con la fiesta de Halloween

Era un 31 de octubre del año 1969. Estando de visita en casa de mi tía Flora Moraga (q.d.D.g.) en Rohmoser, San José, cuando mi prima Irene me invitó a ir de Halloween, con los chiquillos del barrio, gustoso accedí a participar. Por primera vez, veía cómo aquellos chiquillos, en medio de la algarabía, iban de casa en casa a pedir confites, eran recibidos en la puerta por alguna señora o señor, y al gritar ¡Halloween!, se les daba muchos confites, dulces y golosinas. Algunos de ellos iban disfrazados de brujas, duendes, “diablillos”, vampiros y hadas… Lo cierto era que aquello era una fiesta, con la suerte de que las familias les permitieran entrar y compartir un rato con ellas.

Yo, siendo apenas un muchachito campesino, que no conocía ni sabía nada de esta fiesta, a la que nunca había visto celebrarse en mi pueblo natal de San Antonio de Escazú, un pueblo rural, quedé sorprendido, extrañado e impresionado... No me imaginaba que, por el hecho de ir de casa en casa, gritando una expresión que no sabía su significado y viendo que varios de aquellos niños se disfrazaban y nos dieran gratis tantos dulces…, tendría que ser algo muy bonito, una fiesta en la que se compartía un buen rato de alegría y que un poco me permitía conocer a otros niños y niñas muy distintos… era posiblemente algo digno de celebrarse. Lo único que atinaba era dar las gracias o decirles a los vecinos que nos recibían, la consabida frase tica: “¡Dios se lo pague!” Lo cierto es que regresé a casa con una buena bolsa de confites.

Un año después, quise participar, ya más grande, de aquella fiesta disfrazándome debidamente. Para ello, mi tía Flora, que era buena en complacerme, me hizo un traje de “Mago Merlín”. Y ni qué decir de la alegría de participar disfrazado. No entendía casi nada, pero lo bonito era ir, estar, participar y compartir. No sabía el significado de todo aquello, pero ¡qué importaba! Había que ir y ese año, la bolsa de confites aumentó su grosor, tamaño y peso.

Posteriormente, el siguiente año, en el que Costa Rica celebraba su Sesquicentenario de la Independencia, participé en la redacción de un tema alusivo a la celebración, para un concurso organizado por el personal docente del Liceo de Escazú. Gané el tercer premio o lugar, junto con Jorge Rivera Marín, que luego fue sacerdote (q.d.D.g) y con Dionisio Cabal Antillón, actualmente cantautor. Me dieron un cheque de 10 colones y con esa plata, además de solventar algunas necesidades, me compré una pequeña calabaza de plástico color naranja, que con la ayuda de mi hermano Luis, quedó transformada en una linda lámpara de noche, para un proyecto de Artes Industriales del colegio, que me habían encargado. ¡Era toda una lámpara de Halloween!

Una fiesta desconocida

Han pasado los años, en los que seguía ignorando de dónde venía esta fiesta que no era de Costa Rica, ni pertenecía a la cultura del pueblo, ni mucho menos era parte de nuestra fe cristiana. Simplemente lo que hice fue ir a algo, que me dí cuenta que no sabía qué era y por qué en Costa Rica se fue metiendo poco a poco, hasta el punto de que, en mi pueblo natal, muchos niños y niñas la fueron celebrando y asimilando como la cosa más natural del mundo. De forma que en décadas pasadas, esta fiesta se fue haciendo parte nuestra, vimos muchos anuncios de ella en los comercios y en los medios de comunicación, ya se hablaba de “Noche de Brujas”, del “baile de Halloween”, los escaparates de las tiendas ofrecían, después de la celebración del 15 de setiembre, todo lo necesario en disfraces, lencería, vajillas y demás, para tener un buen jolgorio el día 31 de octubre. Sin quererlo pasamos a celebrarla… sin saber qué era o en qué consistía, puesto que en Costa Rica, la tendencia de los ticos es imitar lo de afuera, aunque no sepamos su significado.

El origen de la fiesta de Halloween

“Halloween” o “Noche de Brujas” es una fiesta que se celebra principalmente en Estados Unidos cada noche del 31 de octubre. Tiene origen en la festividad celta del “Samhain” y la festividad cristiana del “Día de todos los Santos”. En gran parte, es una celebración secular aunque algunos consideran que posee un transfondo religioso. Los inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición a América del Norte, durante la gran hambruna irlandesa del año 1840.

La palabra “Halloween”, pronunciado ˈha.lo.wiːn, es una derivación de la expresión inglesa “All Hallow's Eve”, “Víspera del Día de los Santos”. Se celebraba en los países anglosajones, principalmente en Canadá, Estados Unidos, Irlanda y Reino Unido. La fuerza expansiva de la cultura de Norteamérica, ha hecho que Halloween se haya popularizado también en otros países occidentales, y por supuesto, en América Latina y Costa Rica, como ya hemos visto.

HalloweenEl día se asocia a menudo con los colores naranja y negro y está fuertemente ligado a símbolos como la “Jack-o'-lantern” (la famosa “calabaza anaranjada”). Las actividades típicas de Halloween son el famoso truco o trato y las fiestas de disfraces, además de las hogueras, la visita de casas encantadas, las bromas, la lectura de historias de miedo y la puesta en escena de las películas de terror. 

Halloween tiene su origen en una festividad céltica conocida como “Samhain”, que deriva de irlandés antiguo y significa “fin del verano”. En el Samhain se celebraba el final de la temporada de cosechas en la cultura celta, y era considerada como el “Año Nuevo Celta”, que comenzaba con la estación oscura.

Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el otro mundo, se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos), pasar a través de ellos. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados, mientras que los espíritus dañinos eran alejados. Se cree que el uso de trajes y máscaras se debía a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañado. En Escocia, los espíritus fueron suplantados por hombres jóvenes vestidos de blanco con máscaras, o la cara pintada de negro.

Originalmente el “Truco” o “Trato” (en inglés "Trick-or-treat"), era una leyenda popular de origen céltico, según la cual no solamente los espíritus de los difuntos eran libres de vagar por la tierra la noche de Halloween, sino toda clase de entes o de seres procedentes de todos los reinos espirituales. Entre ellos había uno terriblemente malévolo que deambulaba por pueblos y aldeas, yendo de casa en casa pidiendo precisamente "truco” o “trato".

La leyenda asegura que lo mejor era hacer trato, sin importar el costo que éste tuviera, pues de no pactar con este espíritu, que recibiría el nombre de “Jack O'Lantern”, con el que se conocen a las tradicionales calabazas de Halloween, él usaría sus poderes para hacer "truco", que consistiría en maldecir la casa y a sus habitantes, dándoles toda clase de infortunios y maldiciones como el poder de enfermar a la familia, matar al ganado con pestes o hasta quemar la propia vivienda.

Para protegerse, surgió la idea de hacer en las calabazas formas horrendas, para así evitar encontrarse con dicho espectro y, con el tiempo, debido a la asociación mental entre el espíritu y las calabazas, el nombre de éste sería dado a ellas, las que son conocidas hoy día cuando se llega a esta fiesta.

Realmente, aunque se ha generalizado la traducción "truco" en castellano por el inglés "trick", y "trato" literalmente por "treat", en el caso del "Trick-or-treating" no se trata de un truco propiamente dicho, sino más bien de un susto o una broma por lo que una traducción más exacta sería, por ejemplo, "dulce o susto".

En la actualidad, los niños se disfrazan para la ocasión y pasean por las calles pidiendo dulces de puerta en puerta. Después de llamar a la puerta, los niños pronuncian la frase "truco o trato", "dulce o truco" o "dulce” o “travesura" (proveniente de la expresión inglesa “trick” or “treat”). Si los adultos les dan caramelos, dinero o cualquier otro tipo de recompensa, se interpreta que han aceptado el trato.

Si por el contrario se niegan, los chicos les gastarán una pequeña broma, siendo la más común arrojar huevos o espuma de afeitar contra la puerta. El recorrido infantil en busca de golosinas, probablemente tiene relación con la tradición neerlandesa de la fiesta de San Martín.

Para nosotros hoy

Hoy se afirma entre algunos grupos cristianos, tanto católicos como no católicos, en especial, aquellos que son de corte fundamentalista, que la fiesta de Halloween tiene orígenes satánicos y demoníacos, que promueve de forma solapada el culto y el interés por el Diablo y los demonios. Que detrás de ella, hay un interés por el ocultismo, la magia, lo tenebroso, el mundo de la brujería y de la superstición. Habría que ver si esto es cierto pero, sea lo que fuese, lo importante es enseñarle a los niños y a los jóvenes, que esta celebración no pertenece al ámbito de la fe, ni es parte fundamental del acervo cultural costarricense. No debemos celebrar algo que es ajeno a nuestra idisincracia y a nuestra historia, ni debemos dejarnos llevar por el consumismo que, comos sucede con otras fiestas, promueve el comprar en exceso, divertirse y pasarlo bien, en aras de otros valores más importantes.

En el año del 2006, precisamente un 31 de octubre, estando yo de administrador parroquial en la parroquia de Nuestra Señora del Pilar en Tres Ríos, tuve la oportunidad de asistir y ver en Cartago un desfile de mascaradas, de payasos y de “fantoches” costarricenses, muy a la usanza tica, como lo es en mi tierra escazuceña o en Barva de Heredia, como una forma de “contestar” a la fiesta de Halloween, haciendo gala de nuestras tradiciones culturales y pueblerinas.

Vimos desfilar a la “Llorona”, a la “Segua”, al “Cadejos”, al “padre sin cabeza”, a la “Tule Vieja” y otros “monstruos” costarricenses, que nos asustaban de niños, pero que eran muy nuestros… , pero que no tenían connotaciones diabólicas, pues simplemente servían para asustar o para llamar al buen comportamiento o a la obediencia. Pero nada más. El intento es válido desde el punto de vista cultural y vivencial de Costa Rica.

En algunas parroquias se ha puesto en práctica formas novedosas, como el disfrazar a los niños de la catequesis, de santos y santas. Yo diría que es buena, pero insuficiente, porque no se trata simplemente de ponerles un hábito, sino más bien enseñarles el testimonio de los siervos y siervas de Dios, como seguidores de Cristo.

Por eso, para la catequesis y la vivencia de la fe, es importante, por una parte, descubrir que esta celebración no es nuestra, que no pertenece al ámbito de la fe (como lo es la Navidad, por ejemplo), que lejos de fomentar la belleza de las virtudes y de los dones y carismas de los seres humanos, se promueve, de alguna forma, la fealdad, la monstruosidad de las figuras y de las personas, de lo tenebroso, lo grosero, lo oscuro, lo sórdido, lo supersticioso, lo tétrico, lo fantasmal, lo que tiene que ver con la muerte y la violencia. Nada en ella hay que transmita vida, salud, paz, gozo y fraternidad. Nada en ella existe que promueva el entendimiento, el servicio y la solidaridad, que es lo es que hay que inculcar a los niños, a los jóvenes y a los adultos. Más bien promueve el “horror” y la superficialidad.

Es decir, nada hay en ella que “huela” a vida cristiana, a fe, a luz y la vida, las que nos ha traído Cristo en abundancia. Es decir, la salvación, la salud y la plenitud. Por eso, en la medida de lo posible, debemos irla descartando y desterrando para siempre de nuestras celebraciones familiares, sociales y comunitarias. Y por supuesto, muy lejos del ámbito de nuestras celebraciones litúrgicas y cristianas.

 

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Pbro. Mario Montes Moraga
Departamento de Animación Bíblica
Centro Nacional de Catequesis