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¿Cómo fue Pentecostés?

Un día como hoy, los cristianos piensan en el Espíritu Santo y lo celebran, tal vez entre otras cosas, valiéndose de cantos más alegres en la Eucaristía, al estilo de la Renovación Espiritual Católica que, a lo mejor hoy organiza convivencias o concentraciones masivas de gente, para celebrar el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo, con el riesgo de hacer pensar a algunos (as), que el don del Espíritu Santo es nada más de un movimiento y no de toda la Iglesia. Y que hoy es un “día del Espíritu Santo” ¿Y el resto del año, qué? ¿No lo es? ¿Solamente hoy se habla del Espíritu Santo en la Iglesia?

Es que Pentecostés es todo el año litúrgico, es el tiempo de la Iglesia desde la resurrección del Señor hasta su venida gloriosa que, claro está, hoy se celebra  solemnemente dentro de la globalidad del Misterio Pascual del Señor. Porque el Tiempo Pascual, que comenzó el domingo de Resurrección y termina hoy, es Pentecostés. Eso significa Pentecostés: 50 días, en los que hemos celebrado la presencia del Resucitado por medio de su Espíritu. Hoy celebramos su culminación, pero en especial, hoy celebramos un aspecto fundamental del Misterio Pascual: Jesús Resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal.

Ahora bien, leyendo el texto de la primera lectura de este domingo, a todos y todas nos salta la pregunta “del millón”, como decimos: ¿Ocurrió así como lo cuenta San Lucas, la llegada del Espíritu Santo? (ver Hech 2,1-11) ¿Realmente hubo fuego, viento, llamaradas, discípulos hablando en lenguas y gente de todas partes, que los escuchaba hablar en su propia lengua y otros que los criticaban, diciendo que estaban borrachos muy temprano? (v.12-13). Es mejor ir por partes, para no perdernos en estos detalles sino ir a lo esencial, de este bellísimo relato de Pentecostés.

Lo primero que San Lucas intenta enseñar es que el Espíritu Santo era (y sigue siendo hoy), el gran animador de la Iglesia, desde sus comienzos. Que el Espíritu Santo prometido por Cristo, estaba actuando en ella y por ella. Por cierto, como afirmábamos el domingo antepasado, san Lucas quiere presentar en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el gran protagonismo del Espíritu en los primeros años de la misión de la Iglesia. Por eso, el libro de los Hechos de los Apóstoles, no debería llamarse así, sino el “Libro de los Hechos del Espíritu Santo”.

San Lucas intenta en este relato, “describir” la venida del Espíritu Santo, que llevaría a los discípulos de Jesús a la verdad completa, como Maestroque es (ver Jn 14,25-26, texto del domingo antepasado de la misa). Al no tener los medios para esta descripción, San Lucas echó mano de la tradición. Y en ella encontró que un día Jesús Resucitado, en uno de sus encuentros con sus discípulos, había “soplado” sobre ellos para conferirles el don del Espíritu Santo (ver Jn 20,19-23, el texto del Evangelio de hoy). No era mucho, pero menos era nada. Juan quería enseñar que, con la muerte y la resurrección de Jesús, había comenzado una nueva creación. Y que Jesús, soplando sobre ellos, les recordaba elsoplo de Dios sobre la cara del primer hombre, para infundirle vida (ver Gén 2,7), enseñando que Jesús Resucitado, al igual que Dios en los comienzos, está realizando una nueva creación, por medio del Espíritu.

Luego, San Lucas afirmaba que el Espíritu venía de Dios, del cielo. Como el Espíritu estrictamente no se siente, san Lucas vio la necesidad de presentarlo de forma sensible, con el viento (utilizando la palabra griega “pneuma”, que puede significar “viento”, “soplo”, “aliento”, en  hebreo “ruah”, ver Gén 1,1-2; Ez 37), y viniendo del cielo como ráfagas. Además, Lucas se sirvió de otro elemento natural, el del fuego, que en el Antiguo Testamento simbolizaba a Dios (ver Dt 4,24; Is 30,27; 33,14). Con ambos elementos, el viento y el fuego, san Lucas quiso expresar la venida transformadora del Espíritu, que dio origen a la Iglesia y seguía animando a las comunidades de aquel entonces.

Además, Lucas echó mano también de una tradición judía, según la cual, en el monte Sinaí, la palabra de Dios se comunicó en 70 lenguas, aludiendo a la creencia en los 70 pueblos que integraban el mundo, de modo que cada pueblo podía recibir la Ley de Dios, dada en el Sinaí, en su propia lengua. Por eso, dice que los presentes en aquel evento, podían escuchar a los apóstoles hablar en la lengua de ellos (v. 4-8). Todo esto le sirvió para presentar aquel extraordinario acontecimiento. 

Al decir, que aquello sucedió en Pentecostés, es decir a los cincuenta días de Pascua, lo que quiso enseñar es que la nueva alianza, de la que era figura la antigua alianza del Sinaí y celebrada en la fiesta judía de Pentecostés, se ha cumplido con la llegada del Espíritu Santo. Los fenómenos cósmicos que acompañaron el evento, como ráfagas de viento, lenguas de fuego, son los elementos o signos propios de las manifestaciones de Dios, significan que Dios está actuando (ver Éx 19; 1 Rey 19, 11; Is 66,15; Sal 50,3). Al venir del cielo, san Lucas enseña que el Espíritu Santo es un don de Dios, conforme a la promesa de Jesús (ver Lc 24,49;  Hech 1,4-8).

“Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo”.Este detalle es revelador. La gente de todas partes (que aquí parece en el relato como una romería en Cartago un primero o dos de agosto…), es presentada por el evangelista con una intención muy concreta. Los judíos que estaban allí, y que eran de todo lado, probablemente no eran judíos peregrinos que venían a celebrar la fiesta de Pentecostés, sino que eran judíos del extranjero, de la Diáspora. Es decir, judíos que no vivían en Jerusalén, algo así como una especie de colonia, como la que sabemos que hay en Estados Unidos, por ejemplo, de costarricenses y de otras nacionalidades allá. La intención de san Lucas al presentar a esta enorme cantidad de gente, fue enseñar la universalidad de la Iglesia, porque en el texto griego, los judíos proceden de doce regiones diferentes. Y todos oyen hablar en sus lenguas “las grandezas de Dios”. Con esta afirmación, se certifica la presencia y acción del Espíritu Santo.

Las maravillas de Dios se refieren, pues, al contenido del Evangelio y su destino universal. El milagro de las lenguas que se cuenta en el relato, no consiste en superar la natural barrera que ellas imponen, sino que el Evangelio es destinado a todo mundo, a todos los hombres y mujeres de la tierra, simbolizado en las diversas lenguas de los oyentes del discurso de Pedro, que vemos luego en Hech 2,12-20.

Estaríamos, pues, ante una página llena de mensaje, no ante un reportaje o una descripción, mucho menos una película de lo que pasó, sino ante una catequesis. A San Lucas no le interesó ni el cómo ni el cuándo llegó el Espíritu Santo, ni simplemente se conformó con contarnos aquello, es decir, la primera venida del Espíritu Santo, sino que quería expresar todo lo que el Espíritu de Dios hacía en los comienzos de la Iglesia, adelantando lo que Él puede hacer en la Iglesia, en las personas, en el mundo y en las diversas situaciones del mundo actual. De allí que el texto debemos leerlo hoy, con esa misma convicción con que los cristianos vivían y celebraban la presencia del Espíritu, un texto que, por su parte, conserva toda su belleza, fascinación y frescura para nosotros, que hoy lo meditamos y tratamos de hacerlo vida. 

El acontecimiento de Pentecostés sigue siendo modelo para contar a los demás, cómo el Espíritu de Dios se posesiona de las personas, cómo el Evangelio de Cristo se incultura en tantas partes del mundo y cómo podemos descubrir la presencia del Espíritu Santo, en las diversas formas, culturas, comunidades, celebraciones y vivencias de los cristianos (as), que inundan el mundo, en la multiplicidad de dones y de servicios que conforman la comunidad cristiana.

Con la solemnidad de Pentecostés, terminamos el Tiempo Pascual, que había sido preparado por la Cuaresma. Proseguiremos con el Tiempo Ordinario, tiempo apto para vivir, celebrar y profundizar la presencia de Cristo Resucitado, por medio de su Espíritu, que actúa en la vida de cada uno de nosotros (as), de tantos hombres y mujeres en el mundo y que nos impulsa a dar testimonio de Cristo todos los días de nuestra vida.