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Los cromañones y los gigantes de la biblia

Concretamente, ¿los gigantes de los que habla la Biblia pudieron ser cromañones, a diferencia de nosotros homo- sapiens?

“Hombre de Cro-Magnon” es el nombre con el cual se suele designar al tipo humano correspondiente a ciertos fósiles de “homo sapiens”, en especial los asociados a las cuevas de Europa en las que se encontraron pinturas rupestres. Suele castellanizarse y abreviarse como “cromañón”, sobre todo para su uso en plural (cromañones). Cro-Magnon es la denominación local de una cueva francesa en la que se hallaron los fósiles, a partir de los que se tipificó el grupo llamado así. 

Su datación (40.000 y 10.000 años de antigüedad), se toma como el hito que da comienzo al Paleolítico superior desde el punto de vista antropológico, mientras que el límite moderno no lo marca la aparición de ninguna modificación física, sino ambiental y cultural: el fin de la última glaciación y el comienzo del actual período interglaciar (período geológico llamado Holoceno), con los períodos culturales denominados Mesolítico y el Neolítico.

El “hombre de Cro-magnon” pudo haber tenido una relación con el “hombre de Neanderthal”, durante las primeras etapas del Paleolítico Superior en Europa, zona en la que hubo poblaciones de ambas especies durante un breve período,  hasta hace unos 29.000 años, o incluso unos 27.000 años en el sur de la Península Ibérica. Por eso hoy se plantea si los cromañones serían descendientes, primos o usurpadores de los neanderthales.

Sus diferencias morfológicas suelen interpretarse como una adaptación a un clima frío en los neanderthales y una acusada neotenia en los cromañones. La neotenia es un fenómeno estudiado en el campo de la biología del desarrollo. En la neotenia, el desarrollo fisiológico o somático de un organismo, se vuelve más lento o se retrasa. Esto da lugar en los adultos de una especie, a la retención de características físicas juveniles. Se ha apuntado también la posibilidad de que los cromañones dispusieran de una mayor capacidad para el lenguaje (tanto del aparato fonador como cerebral, para el pensamiento simbólico), con las implicaciones que esto tendría para la vida social.

¿Aparecen en la Biblia?

Ahora bien, el libro del Génesis nos presenta los comienzos del ser humano, hombre y mujer (Gén 1,26-28; 2,7-25), como seres creados por Dios. La creación aparece como obra de Dios. Quien escribió el tema de la creación y de los primeros pasos del ser humano en el mundo, era un creyente, una especie de catequista, pero no un científico. Nada sabía del origen de las especies, ni de los cromañones, ni nada que la ciencia o la antropología aportan al descubrimiento de los humanos más antiguos que habitaban la tierra. 

La reflexión de los autores sagrados acerca de esos seres humanos, la basan en su semejanza con Dios, su amistad con él y su relación con el Señor. Son las ciencias las que se encargan de hablarnos, desde el punto de vista científico, pero no teológico, del origen del ser humano. Y es desde el punto de vista teológico, que la Biblia cuenta acerca de la existencia de unos seres misteriosos, que son llamados “hijos de Dios”.

La leyenda de los “hijos de Dios”

“… Cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que estas eran hermosas, y tomaron como mujeres a todas las que quisieron… En aquellos días –y aún después– cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y ellas tuvieron hijos, había en la tierra gigantes: estos fueron los héroes famosos de la antigüedad…”(Gén 6,1-2.4-5).

¿Quiénes eran esos “hijos de Dios” o mejor “hijos de los dioses”? Según las antiguas leyendas, eran una especie de semidioses, héroes semidivinos, unos “dioses menores” de las religiones vecinas de Israel, una especie de “dioses caídos” o imperfectos, que sembraban toda clase de males y de desgracias en los seres humanos y en la comunidad. 

Además, contaban los antepasados del pueblo judío, que esos seres se habían unido a las mujeres más bellas de la humanidad, violándolas y forzándolas, teniendo luego hijos con ellas… Y además, que en los comienzos de la conquista de la tierra prometida, los antepasados hebreos habían encontrado en Palestina a unos gigantes (los “nefilim”), que eran de los “hijos de Anac”, habitantes de aquellas tierras (“anaquitas”), de gran estatura y fuerza (ver Núm 13,33; Dt 2,10-11; 3,11; Bar 3,26-28), que intimidaron a los conquistadores. Y que esos gigantes como seres monstruosos, habían nacido de estas uniones entre los seres semi divinos y las mujeres de la tierra.

Sabemos que, en todos los pueblos antiguos, existen leyendas y cuentos populares acerca de la existencia de gigantes y ogros. En el pueblo de Israel, se contaba la narración del combate de David, con un gigante filisteo llamado Goliat, al que venció… (1 Sam 17,1-54). Con el paso del tiempo, se pensó que estos “hijos de Dios” eran los ángeles, que actuaban como consejeros en la corte del Señor (ver 1 Rey 22,19-20; Job 1,6; 2,1; Sal 2,7; 29,7; 89,27). 

Así se pensó en la Iglesia primitiva y el relato dio paso a la leyenda de los ángeles caídos, es decir, del origen y de la existencia de Satanás y de los demonios, ángeles perversos, que se rebelaron contra Dios… Pero de esta leyenda que ha llegado a nosotros, prácticamente nada dice la Biblia. Otros sostenían que esos gigantes eran los descendientes  corrompidos de Caín, en especial, de Set, según Gén 4,17-26.

¿Qué nos enseña este pasaje?

Lo cierto es que, con esta historia de violencia sexual, lo mismo que en Gén 3,1-24 (Adán y Eva), el autor sagrado quiso enseñarnos que el ser humano intenta siempre “propasarse”, “brincarse la cerca”, romper el cerco entre lo humano y lo divino, violar o quebrantar las leyes del Señor, no poner límite a nada ni a nadie, no dejarse guiar por el Señor, “ser como dioses”, “comer del árbol del conocimiento del bien y del mal”, así también comer del “árbol de la vida” (ver Gén 3,22-24). Por eso, el Señor “acorta” los días de la vida de los seres humanos (ver Gén 6,3).

Adán y Eva, hombre y mujer, nosotros queremos ser dueños a ultranza de nuestro destino, aprender por nosotros mismos sin la guía de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia o de los demás… A partir de esta experiencia común a todos, actuar con total independencia. Por este afán de “conocimiento”, el ser humano ha traído el dolor, el sufrimiento, el miedo y la desconfianza. No queremos permanecer subordinados para siempre. De allí la desobediencia original y el descalabro moral que esto significa.

Por eso, el catequista judío nos contará de seguido, la historia de aquel hombre bueno y justo llamado Noé, el nuevo Adán, que supo ponerse a disposición del Señor, obedecer y construir un proyecto nuevo de salvación, siguiendo las directrices de Dios (ver Gén 6,6-9,17). En medio de aquella historia de caos, confusión y maldad, surge este hombre maravilloso, como un “hijo de Dios”, anticipo del auténtico Hijo que es Cristo, como semilla de una nueva humanidad rescatada del pecado, y propiciando la nueva presencia de los hijos e hijas de Dios en Jesucristo. Porque Dios sigue adelante con su proyecto salvador y cuenta con nosotros/as. Porque sus planes no se frustrarán.

Esto es lo que podemos aprender de este relato que, sin embargo, no nos presenta en sí mismo, los orígenes de los seres humanos más primitivos, o del homo sapiens, es decir, el antecesor nuestro, ni tampoco de los cromañones. De seguro que estos seres especiales, evolucionaron con la fuerza del Espíritu y llegaron a ser Adán y Eva, es decir, seres dotados de inteligencia, capacidades plenas, conocimiento, libertad y amor… Vendrían a ser los auténticos “hijos de Dios”, en diálogo amoroso con su Creador. Y también con capacidad moral, hasta el punto de decidir entre lo malo y lo bueno, entre el bien y el mal (Gén 3; 4; 6).